Plaza de Oriente de Madrid: historia, qué ver y cómo visitarla

Lo esencial 🏛️

  • La Plaza de Oriente está entre el Palacio Real y el Teatro Real, en pleno centro histórico de Madrid.
  • En el centro se alza el monumento a Felipe IV, una estatua ecuestre que sorprende por cómo se sostiene.
  • La rodean veinte estatuas de reyes españoles, repartidas en dos hileras.
  • Es totalmente peatonal desde su remodelación en los años 90.
  • Bajo tus pies hay un aparcamiento subterráneo y restos arqueológicos.

Si alguna vez has cruzado el centro de Madrid caminando desde el Palacio Real, seguro que has pasado por la Plaza de Oriente sin saber del todo qué estabas mirando. Es una de esas plazas que impone sin necesidad de gritarlo: jardines cuidados, una estatua ecuestre en el centro y veinte figuras de piedra que te observan desde ambos lados. La Plaza de Oriente de Madrid reúne en un solo espacio el Palacio Real, el Teatro Real y un puñado de estatuas de reyes españoles que llevan aquí más de dos siglos. En esta guía te cuento su historia, qué merece la pena ver y cómo sacarle partido a la visita, empezando por algo tan simple como situarla en el mapa.

Dónde está y qué la rodea

La Plaza de Oriente tiene una forma rectangular con la cabecera curvada hacia el este, algo que notarás en cuanto la recorras de punta a punta. Al oeste la cierra el Palacio Real, imponente y sobrio; al este, en esa parte curva, el Teatro Real marca el otro extremo. Al norte queda el Real Monasterio de la Encarnación, más discreto pero igual de cargado de historia.

La plaza conecta con varias calles que conviene tener localizadas si vienes caminando: Felipe V, Bailén, Carlos III, Lepanto y Pavía. Todas desembocan aquí de una forma u otra, así que es fácil llegar desde cualquier punto del centro histórico de Madrid.

Desde la remodelación de los años 90 —de la que hablaremos más adelante— toda la plaza es peatonal. Eso significa que puedes cruzarla, sentarte o pararte a hacer fotos sin preocuparte por el tráfico, algo que no siempre fue así.

Historia de la Plaza de Oriente

La idea de la Plaza de Oriente nace en el siglo XVIII, mucho antes de que tuviera la forma que ves hoy. Fue Juan Bautista Sachetti, uno de los arquitectos del Palacio Real, quien primero planteó dejar libre una zona ajardinada al este del palacio. Un gesto arquitectónico que tardaría más de un siglo en cuajar del todo.

El siguiente paso, no muy afortunado, llegó con José I durante su breve reinado (1808-1813). Ordenó demoler las casas medievales que rodeaban el palacio, una operación urbanística que le costó el apodo popular de “Pepe Plazuelas” —además del ya conocido “Pepe Botella”—. Fue una demolición contundente, pero dejó el terreno preparado para lo que vendría después.

Fernando VII retomó la idea en 1817, encargando a Isidro González Velázquez un proyecto de planta semicircular que incluía, en el lado opuesto al palacio, un teatro. Ese teatro acabaría siendo el Teatro Real: las obras arrancaron en 1818 y las dirigió, hasta 1831, Antonio López Aguado.

Con Isabel II las cosas volvieron a cambiar. En 1836 decidió derribar lo que se había empezado bajo Fernando VII y rediseñar la plaza en función del Teatro Real, que se concluiría en 1850 pero cuya fachada oeste ya condicionaba el trazado desde antes. En 1842 se planteó una plaza rectangular con cabecera curvada, cerrada por seis manzanas simétricas. El diseño definitivo llegó en 1844, de la mano de Narciso Pascual y Colomer, que redujo esas seis manzanas a solo dos, una a cada lado del teatro. A partir de 1851 empezaron a levantarse los edificios de vivienda del contorno, siguiendo ese último proyecto.

Sobre el nombre “Plaza de Oriente” hay dos teorías. La más aceptada es también la más sencilla: la plaza está situada al oriente (este) del Palacio Real, que por extensión llegó a llamarse también “Palacio de Oriente”. Existe una teoría alternativa, menos consensuada, que la vincula con la posible pertenencia de José I a la masonería y su obediencia al Gran Oriente de Francia. Es una hipótesis curiosa, pero conviene tratarla como tal: la explicación geográfica sigue siendo la que más respaldo tiene.

Qué ver en la Plaza de Oriente

La visita se concentra, en realidad, en cuatro elementos. Cada uno tiene su propia historia, y merece la pena conocerla antes de plantarte delante.

El monumento a Felipe IV

Es lo primero que atrae la mirada al entrar en la plaza: una estatua ecuestre de bronce, obra de Pietro Tacca, realizada entre 1634 y 1640 y fundida en Florencia. Tiene un mérito técnico poco conocido: fue la primera escultura ecuestre del mundo sostenida únicamente sobre las patas traseras del caballo, algo que se consiguió gracias al asesoramiento de Galileo Galilei, que sugirió hacer maciza la parte trasera y hueca la delantera. El modelo se tomó de dos retratos de Felipe IV pintados por Velázquez.

Antes de llegar aquí, la estatua pasó por el Palacio del Buen Retiro y por el antiguo Alcázar. Se trasladó a la Plaza de Oriente y se inauguró el 17 de noviembre de 1843, por decisión de Isabel II. El pedestal tiene su propio interés: cuatro leones de bronce obra de Francisco Elías Vallejo y bajorrelieves de José Tomás, uno de los cuales muestra al rey imponiendo a Velázquez el hábito de la Orden de Santiago, mientras otro representa una alegoría de la protección real a las artes. En la base, dos fuentes en forma de concha completan el conjunto.

Las estatuas de los reyes godos

Las veinte estatuas de reyes godos son, junto al monumento a Felipe IV, la seña de identidad de la plaza. Son de piedra caliza, superan los dos metros y medio de altura cada una, y representan a cinco reyes visigodos y a quince monarcas de los primeros reinos cristianos de la Reconquista. Están dispuestas en dos hileras que recorren la plaza de este a oeste, flanqueando los jardines centrales.

Se encargaron bajo el reinado de Fernando VI y se esculpieron entre 1750 y 1753, dirigidas por Juan Domingo Olivieri y Felipe de Castro, con un equipo de escultores que incluía a Luis Salvador Carmona, Roberto Michel y Juan Pascual de Mena, entre otros. El destino inicial de estas estatuas no era el suelo, sino la cornisa del Palacio Real. El motivo del cambio no está del todo claro: unos apuntan al temor de que la cubierta no soportara el peso, mientras que la tradición popular habla de una pesadilla de Isabel de Farnesio en la que las estatuas caían y mataban a la familia real. Conviene tomar esta segunda versión como lo que es, una leyenda, y no como un hecho documentado.

Hoy en día encontrarás otras estatuas de la misma serie repartidas por Madrid, en el Retiro y los Jardines de Sabatini, y también en ciudades como Pamplona, Burgos y Vitoria.

El Palacio Real

Cierra la plaza por el oeste y es, junto al Teatro Real, uno de los dos grandes edificios que la presiden. Su fachada marca todo el eje visual de la plaza desde los jardines centrales.

El Teatro Real

Cierra la plaza por el este, justo en la cabecera curvada. Su construcción arrancó en 1818, como parte del proyecto original de Fernando VII para la plaza.

Los jardines de la plaza

Más allá de las estatuas, la Plaza de Oriente tiene tres zonas ajardinadas bien diferenciadas, cada una con su propio trazado y su propio ambiente.

Jardines centrales

Los jardines centrales tienen su diseño actual desde 1941, en cuadrícula de estilo barroco, alrededor del monumento a Felipe IV. Antes de esa fecha se disponían en círculo. Están formados por siete parterres con setos de boj, formas topiarias de cipreses, tejos y magnolios pequeños, además de plantaciones florales que cambian según la temporada. Las dos hileras de estatuas de los reyes godos marcan sus límites.

Jardines del Cabo Noval

Ocupan la parte norte de la plaza, junto a la calle de San Quintín, donde ya hay tráfico rodado. Predominan las plantaciones de plátanos. Limitan con el Real Monasterio de la Encarnación, con la calle de Bailén y la balaustrada hacia los Jardines de Sabatini por el oeste, y con la calle de Pavía por el este.

Jardines de Lepanto

Cierran la plaza por el sur, con un carácter muy similar al de los Jardines del Cabo Noval.

La plaza en el siglo XX: del franquismo a la remodelación de 1996

La Plaza de Oriente no siempre fue el espacio tranquilo que conoces hoy. Durante el Tardofranquismo se convirtió en un símbolo político para los partidarios de la dictadura, escenario habitual de manifestaciones de exaltación a Franco. Fue, de hecho, testigo directo de la muerte del dictador: se celebró aquí una ceremonia militar, con su féretro sobre un camión del Ejército y un desfile de tropas.

El cambio hacia la plaza actual llegó a mediados de los años 90, con una remodelación impulsada bajo el alcalde José María Álvarez del Manzano, con proyecto de Miguel de Oriol e Ybarra, concluida en 1996. La obra soterró la calle de Bailén, lo que unió la plaza directamente con la fachada este del Palacio Real, ganó espacio peatonal junto al Teatro Real y renovó el empedrado de toda la zona.

Como parte de esa misma remodelación se construyó el aparcamiento subterráneo que sigue en uso hoy, aunque la idea inicial —un centro comercial bajo tierra— acabó descartándose. Las obras no estuvieron exentas de polémica: aparecieron restos arqueológicos, algunos de los cuales se destruyeron por considerarse de poco valor, aunque sí se conservó la base de una atalaya islámica en medio del aparcamiento.

Qué hay bajo la Plaza de Oriente

Si te preguntas qué esconde el subsuelo de la plaza, la respuesta tiene dos capas. Por un lado, un aparcamiento subterráneo construido durante la remodelación de los años 90, que sustituyó al proyecto inicial de un centro comercial bajo tierra, finalmente descartado. Por otro, un hallazgo arqueológico: aunque algunos restos se destruyeron durante las obras, se conservó la base de una atalaya islámica, visible todavía en medio del propio aparcamiento.

Cómo visitar la Plaza de Oriente

  • El Café de Oriente, que algunas fuentes citan entre los cafés literarios de Europa, es una buena opción para parar a comer o tomar algo con la plaza de fondo.
  • La plaza es un sitio estupendo para un picnic improvisado, con vistas al Palacio Real, al Teatro Real o incluso a la catedral de la Almudena, según dónde te sientes.
  • El Puente de Segovia queda a poca distancia, ideal si quieres alargar el paseo por la zona.
  • El entorno está lleno de cafeterías y restaurantes tradicionales, aunque en los últimos años han ido apareciendo restaurantes de cadena que, para algunos, le restan carácter a la zona.

La Plaza de Oriente merece más que un simple paso rápido de camino a otro sitio: entre su historia, sus estatuas y sus jardines, da para pararse un buen rato. La próxima vez que estés por el centro histórico de Madrid, date una vuelta con calma y mira hacia arriba, hacia esos veinte reyes godos que llevan siglos vigilando la plaza.

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